lunes, 10 de agosto de 2015

ENTREVISTA / LAS MENTIRAS QUE ESCRIBÍ

jueves, 18 de junio de 2015


#ENTREVISTA: Michèle Rodriguez, autora de 'Intemporalis'


"No es una novela romántica, no es una historia paranormal, no es una novela histórica, pero lleva todos y cada uno de estos ingredientes. Es una historia de amor, escrita desde el corazón, reflejando la realidad histórica de la segunda guerra mundial en Francia"

Hace unas semanas tuve el placer de leer 'Intemporalis', la tierna y preciosa novela de Michèle Rodriguez. Esta francesa enamorada de España, reside actualmente en la infinita ciudad de Granada. Licenciada en LEA y Lengua Española, es una escritora dulce y enternecedora.

Es un verdadero placer recibirla en 'Las mentiras que escribí', después de tener el privilegio de escribir una pequeña crítica a su última novela.

M.B.Vigo: Bienvenida al Blog, Michèle. Es todo un gusto recibirte por estos lares literarios.

M.R.: Gracias a ti, Miriam, por recibirme y darme la oportunidad de hablar de mi novela. Es un placer estar aquí.

M.B.Vigo: Empecemos describiendo 'Intemporalis', obra que motiva esta entrevista. Una portada muy hermosa, una sinopsis rodeada de misterio. Amor, desde luego, pero mucho más. Magia, cruces espacio-temporales e, incluso, memoria histórica. A pesar de no tratarse de un libro muy extenso, abarcas varias temáticas, creando un ritmo trepidante y suave a la par. ¿Cómo describirías tú misma a tu historia?

M.R.: Bueno, creo que la has descrito muy bien. Más que decir lo que es Intemporalis, me gustar decir lo que no es. No es una novela romántica, no es una historia paranormal, no es una novela histórica, pero lleva todos y cada uno de estos ingredientes. Es una historia de amor, escrita desde el corazón, reflejando la realidad histórica de la segunda guerra mundial en Francia, país donde me crié. Creo que el mensaje profundo detrás de la historia, es que el amor es ajeno a las guerras, al tiempo, al olvido, incluso a la muerte.

M.B.Vigo: Alex es un protagonista carismático y polifacético. Es un joven adolescente que evoca ternura por su inocencia. Además, es un apasionado de la literatura y de la pintura. ¿Cómo fue hacer nacer a este joven tan embaucador?

M.R.: Este joven es el vivo reflejo de mi hijo, Jonathan, un muchacho inteligente y polifacético, sensible y profundo, con una mezcla poco común de inocencia y madurez.

M.B.Vigo: Y, por otro lado, tenemos a una joven misteriosa que aparece en la bruma. Una muchacha hermosa que cambiará, para siempre, la vida y la existencia de Alex. ¿Quién es esta mujer? No me refiero sólo a su personaje, si no a su papel fundamental en la historia.

M.R.: Para esbozar el retrato de Hélène, me basé en la historia de una querida amiga mía, ya fallecida, que fue deportada durante la segunda guerra mundial.
Hélène representa también las historias de todos los adolescentes que padecieron el  horror de la guerra y fueron perseguidos por los nazis, como Ana Frank para citar un ejemplo. Pero Hélène es mucho más, es fuerza, belleza, coraje y ejemplo, también es esperanza.

M.B.Vigo: La ambientación de la novela, en un pequeño pueblo de Normandía, una casita junto a un lago es, desde luego, un lugar idílico e inolvidable. ¿Existe ese mágico lugar?

M.R.: Sí y no. Existen muchos lugares parecidos a este en Normandía, no es difícil encontrar mansiones como la que describo y lagos enigmáticos, pero el que describo en Intemporalis existe solo en mi imaginación.

M.B.Vigo: En la Nota de Autora con la que inicias 'Intemporalis', haces referencia a que es una historia que ya estaba escrita desde hace tiempo. ¿Cuál es el motivo por el que ha estado oculta? ¿Y por qué te has decidido, al fin, a llegar al público con ella?

M.R.: Ya sabes igual que yo, Miriam, la dificultad que encuentra un autor emergente a la hora de publicar su trabajo. Después de varias experiencias negativas, con editoriales extranjeras, decidí no confiar mi novela a cualquier editorial sin escrúpulos. Las grandes editoriales no confían en escritores desconocidos, por lo que Intemporalis se quedó tiempo en el cajón. Me daba pena, sin embargo, no darla a conocer, así que finalmente me lancé a la autoedición.

M.B.Vigo: Además de 'Intemporalis', tienes otra obra publicada en Amazon. Se trata de un libro infantil titulado, 'La isla de la imaginación'. ¿Es la primera obra de este tipo que escribes? ¿Cómo fue tu experiencia de trabajar en una literatura tan diferente a lo que es habitual?

M.R.: Llevo años escribiendo, y mis primeras obras fueron de poesías, y en francés. Luego, escribí y publiqué cuentos infantiles en francés. Tengo otra novela juvenil publicada en 2007, que se llama El valle de la alegría. Estoy pensando en  volver a editarla.

M.B.Vigo: Es bien sabido que detrás de todo escritor, existe una fuente de inspiración. Bien sea la vida misma u otras obras y novelas que nos marcan de manera especial a lo largo de nuestra vida. ¿Cuáles son los títulos que podrías señalar que han inspirado tus letras?

M.R.: Muchos de los autores que me han inspirado salen a relucir en mi novela. Baudelaire (Les fleurs du mal), Arthur Raimbaud, Verlaine, básicamente los autores clásicos franceses.

M.B.Vigo: Gracias a Amazon y a la autopublicación, es posible sacar a la luz obras al margen del turbio mundo editorial. ¿Cómo fue tu experiencia como escritora autopublicada y qué consejos podrías darle a otros escritores dudosos de publicar?

M.R.: Mi consejo principal es armarse de paciencia, y no abandonar. Siempre se tienen expectativas, ilusiones que contrastan con la dura realidad. Crees que has escrito algo grande, lo publicas, y las ventas tardan en llegar, pero no hay que darse por vencido, y hay que seguir escribiendo cada día, como si fuera el último.

M.B.Vigo: Y, por último, para finalizar esta maravillosa charla...¿Estás trabajando en algún proyecto del que puedas adelantarnos alguna cosita?

M.R.: A decir verdad, tengo dos novelas juveniles, que actualmente buscan editorial, y estoy trabajando en el segundo tomo de una trilogía ambientada en Bretaña. Es una distopía que recoge algunas de las maravillosas tradiciones de la zona, como un guiño a las leyendas artúricas. Pero no puedo ni debo desvelar más de momento…
  
Muchas gracias por dedicarme unos minutos y compartir con nosotros tus pensamientos y los detalles de tu obra. Te deseo infinita suerte en este camino de letras y, espero, que nos volvamos a cruzar.



PRIMERA RESEÑA INTEMPORALIS / LAS MENTIRAS QUE ESCRIBÍ

#LITERATURA: Intemporalis, encuentros románticos más allá del tiempo // ***1/5



'Intemporalis' se trata de una novela profunda, con aires juveniles, que irradia un aroma a eternidad. Una niebla, una niebla blanca, cargada de recuerdos, de magia y, sobre todo, de amor. Un amor tan fuerte, tan irrompible, tan perdurable que nada, ni nadie puede romper.

Alex y su madre se mudan a un pueblo solitario, a una casita junto a un lago, propiedad de la condensa de Caumont. Un lugar tranquilo, donde en seguida se sienten integrados con los vecinos y la vida del pueblo. Durante un paseo en barco, Alex se desorienta en la niebla y repara en la presencia de una chica misteriosa... a partir de ese momento, se sucederán acontecimientos inimaginables, que darán un vuelco a su existencia.

El amor es, en efecto, el núcleo fundamental alrededor del cuál gira el argumento de 'Intemporalis', pero hay muchos más. El arte, tanto en literatura como pintura, juega un papel muy importante en el transcurso de los hechos. El sentido artístico de Alex le otorga alma y realidad al personaje que se trata, además, de un muchacho con un gran potencial y un gran desarrollo psicológico. Por otra parte, el contenido histórico de la novela le otorga un toque de realismo mágico que, en cierta parte, me evoca la ternura propia de 'Cien años de soledad' y de la literatura latinoamericana.

La escritora, Michêle Rodriguez, demuestra un cariño real por sus letras, cariño que traspasa al lector con una facilidad deliciosa y abrumante... como la niebla del lago. El aura cálida y de misterio que rodea esta historia, hace de 'Intemporalis' una novela diferente, increíble, inolvidable y cargada de sentimientos.

1er capítulo La isla








Capítulo 1
Un viaje inesperado


Las escuelas habían cerrado sus puertas la semana anterior. El verano ya estaba aquí. ¡Por fin empezaban las vacaciones escolares!
Pero a Jonathan, le daba igual. Todo le daba igual. No había planes de vacaciones este año. Sus padres habían intentado animarle, diciéndole que tenía la suerte de vivir en Barcelona, donde había mil maneras de pasarlo bien. Le habían explicado que mucha gente venía de lejos para conocer su ciudad porque ofrecía muchas posibilidades de diversión, pero esto no le consolaba, ni le hacía sentir menos desdichado.
¡No tendría vacaciones! Sus ocho años no le permitían aceptar que sería el único de su clase en quedarse en la ciudad. Todos sus amigos se marchaban. Hélène se iba a Paris, Martín viajaría a Nueva York, y ¿para qué continuar? todos los demás se iban también. Todos menos él.
Este año, no podría ir a pasar el verano a Granada a casa de sus tíos, ni a Francia a visitar a sus abuelos, ni a ninguna parte… Se tenía que quedar en Barcelona, porque sus padres no habían podido hacer coincidir sus vacaciones. Su madre las cogía en Julio y su padre en Agosto. No vería a sus primos ni a sus amigos, no recorrería los alrededores del pueblo con su bicicleta, ni correría por el campo como un caballo salvaje.
¡Nada de nada!
Allí estaba, encerrado en la ciudad, solo y aburrido. Su padre trabajaba de noche y dormía por la mañana. Su madre estaba de vacaciones y le llevaba un rato a la playa cada día, pero esto no le satisfacía. Además, hacía calor y por la tarde, no había manera de librarse de la odiosa siesta. ¡Cómo le hubiera gustado hacer las maletas para irse con su familia lejos de la ciudad!
Sabía que le tocaría jugar solo, como siempre, y estaba harto de aburrirse. Hoy mismo, había agotado todas las posibilidades del día, pero no había conseguido vencer su mal humor. Había mirado los dibujos animados, había estado un rato en la piscina, se había entretenido jugando con su consola, se había incluso disfrazado de pirata. Pero se le habían acabado todas las ideas, y ahora ya no sabía qué hacer, se sentía  solo, solo y triste.
Sentado en su habitación con su pañuelo de pirata atado en la cabeza, su parche negro en el ojo, Jonathan rumiaba su aburrimiento, enfadado con el mundo entero. Era la hora de la siesta pero no tenía sueño. A su lado, su gata negra Fidji ronroneaba, perezosa.
─Si por lo menos, consiguiera dormirme un rato, la tarde pasaría más rápido ─le dijo, como si el animal lo pudiera entender.
Jonathan se dejó caer de espaldas en la cama y cerró los ojos, intentando conciliar el sueño. Al cabo de un minuto, empezó a oír un zumbido molesto que se iba intensificando, cada vez que el insecto sospechoso se acercaba a su oído. Lo alejó una y otra vez con la mano, pero el mosquito volvía insistentemente.
Cuando ya parecía que le iba a dejar tranquilo, cuando estaba a punto de quedarse dormido, un picotazo tremendo le despertó de golpe. Se incorporó, sorprendido, mientras notaba una sensación fuerte de quemadura. El insecto le había picado justo en medio de la frente.
Contrariado y a punto de ponerse a llorar, Jonathan se sentó en la cama y con la punta de los pies, buscó sus zapatillas a tientas. Se levantó y se acercó al escritorio. Apartó la silla y se inclinó para verse mejor en el gran espejo colgado en la pared, apoyando sus codos en el mueble.
La cabeza le empezaba a dar vueltas y se sentía un poco mareado. Se dejó caer hacia atrás, en la silla.
─¿Qué me pasa? ─se preguntó inquieto─, no me encuentro bien. ¿Qué tipo de insecto me habrá picado?
Volvió a acercar su cara al espejo. Su reflejo le pareció ligeramente borroso, pero distinguió como una aureola roja se iba formando en segundos en medio de su frente, y se empezaba a hinchar.
El pañuelo de pirata anudado en la nuca y enmarcando su carita asustada le daba un aire cómico, así como el parche negro que se había movido y le tapaba solo medio ojo.
─¡Guay!
Sonrió a pesar del mareo que le invadía
─¿Verdad que parezco un autén­tico pirata Koko? ¿Tú qué crees lorito? ─le preguntó al loro de peluche que se balanceaba en un palo de madera colgado del techo. Pero evidentemente, el loro no le contestó.
Cuando Jonathan se acercó de nuevo al espejo, se dio cuenta que se había formado una niebla grisácea, que iba volviéndose vez más densa.
─¡Huy! ¡Qué mal estoy! Veo doble, me parece que tengo fiebre. Fidji, no me encuentro bien.
Y pronunciando estas palabras, se tambaleó. Su cabeza se inclinó hacia delante. En el momento en que su frente tocó el espejo, su sorpresa fue mayúscula. No recibió  la sensación fresca que esperaba. Tuvo más bien la impresión de apoyarse en algo tibio y blando, casi gelatinoso, algo que parecía ceder a la presión y se hundía.
Se asustó. Su primera reacción fue echarse hacia atrás precipitada­mente. Luego, al ver que no sucedía nada, se dejó llevar por su natural curiosidad. Se acercó y muy lenta­mente, con mucho cuidado, extendió la mano. Tocó lo que hasta ahora era el espejo, observando, atónito como su mano desaparecía en su interior. Intrigado, la movió para intentar adivinar donde había entrado,  pero no notó nada.
Decidido a averiguar lo que estaba pasando, se subió al escritorio, se sentó encima de la mesa, volvió a pasar una mano a través del espejo, la segunda, una pierna y luego la otra. Por fin, sin atreverse a abrir los ojos, pasó la cabeza y el resto del cuerpo hasta que… se precipitó en el vacío. El corazón le dio un vuelco mientras se sentía caer.
¡Chaf!
¡Agua! ¡Agua helada! Abrió los ojos, asustado, y cuando vio donde se encontraba, abrió la boca, muy grande, para gritar. Pero fue incapaz de emitir un sonido. La sorpresa le había dejado mudo.
 Se encontraba solo en medio del mar, bajo un sol de justicia. Sin darse cuenta, instintivamente, se había puesto a nadar.
─Es la fiebre, me he dormido y debo estar soñando ─pensó, inten­tando frenar el pánico que le invadía─. Si cierro los ojos y los vuelvo a abrir, seguro que despertaré.
Y así lo hizo pero no, no se despertó. Si aquello era un sueño, debía ser una pesadilla. A su alrededor flotaban barriles, trozos de madera, restos de objetos que parecían provenir de un naufragio. Delante de él, a lo lejos, se divisaba una playa, una isla montañosa…
¡Estaba solo!
Se acercó como pudo a un viejo baúl entreabierto que flotaba a unos metros de él y se agarró desesperada­mente.
─Esta isla parece desierta─pensó,  nadando con todas sus fuerzas─, y tengo  que llegar como sea. Este baúl no flotará mucho tiempo. Además, podría haber cualquier cosa en el mar, tiburones, monstruos, cadáveres… ¿Qué sé yo?
Este pensamiento hizo llegar una ola de calor a su estómago que se empezó a encoger, pero no cedió al pánico. Se obligó a controlar su respiración, como se lo había enseñado su madre.
“Si nadas tranquilamente, puedes nadar mucho tiempo” le repetía siempre”. Eres muy resistente pero tus nervios te colapsan. Olvídate del miedo, olvídate de que nadas, simple­mente hazlo, con tranquilidad…”
─¡Mamá! ─murmuró─ ¿Dónde es­tás?
Durante unos instantes, sintió unas enormes ganas de llorar. Pero no tenía tiempo para compadecerse de sí mismo, tenía que nadar y llegar a la orilla.
Una gaviota burlona pasó volando, bajó en su dirección hasta rasar su cabello. Le interpeló con una sonora carcajada.
─Deja de llorar, criatura, ¡ya tenemos bastante agua aquí!
─¡Cállate pajarraco! No existes. ¡Fuera de mi sueño!
─Si esto es un sueño, deja de nadar y despertarás. ¡Anda! ¡Pruébalo!
Jonathan lo probó y se hundió de golpe. Desapareció instantáneamente en las aguas heladas. Se asustó, pataleó, se debatió y bebió un gran trago de agua salada, pero afortuna­da­mente no se ahogó. A pesar de un ataque de tos, consiguió mantenerse a flote y seguir nadando.
No, no se trataba de un sueño.
Una enorme figura de proa pasó flotando a su  lado. Representaba un niño, un niño de su edad y su aspecto le recordaba mucho a alguien.
─¡Ahí va! Pero este soy yo!
Debajo de la figura el nombre del barco: El aburrimiento. Pensó que sería el barco que había naufragado allí, pero ¿por qué  se le parecía la estatua? No entendía nada.
Media hora después, Jonathan llegó por fin a la playa, completamente agotado, y se dejó caer  sobre la arena dorada y caliente. Antes de que pudiera descansar, una voz estridente le interpeló.
─¿Qué tal, marinero de agua dulce? ¿Piensas pasar todo el día durmiendo?
Jonathan abrió los ojos, levantó la cabeza y vio una silueta que le resultó familiar. Era un loro, un loro verde y naranja que se parecía mucho a…
─¿Koko? ¿Eres tú? Pero, ¿qué te ha pasado? ¿Estás vivo?
─¿A ti qué te parece? ─se desgañitó el loro─. ¿Acaso tengo pinta de pájaro muerto? Un poco de respeto, por favor.
─¿Qué haces aquí?
─¿Cómo que qué hago? Pues lo mismo que tú, pirata.
─Pues ya me lo explicarás, porque yo aún no sé lo que hago aquí. No sé cómo he venido, ni cómo voy a volver a casa.
─Vamos a ver niño, no te pongas a lloriquear, que tienes ocho años ya. ¿No te aburrías hace un momento? ¿No querías ser pirata?
─Sí pero…
─¡Nada de peros! ¿Dime, que buscan los piratas? ¿No lo sabes? Piensa un poco, haz un pequeño esfuerzo… Buscan un TE SO RO.
Ahora levántate y mira alrededor, dime, ¿qué es lo que ves?
─Una isla.
Koko puso los ojos en blanco, como si se le estuviera agotando la paciencia.
─No jovencito, respuesta equivo­cada, esta no es una simple isla, no es una isla cualq uiera. Es una isla desierta y misteriosa, y quien dice isla miste­riosa dice TE SO RO. ¿No has leído el libro?
─¿Qué libro?
─”La isla del tesoro”.
─Ya sabes que no me gusta leer.
─Me parece que no empeza­mos muy bien ─masculló Koko─. Bueno, da igual, ¡a lo que íbamos! Hoy es tu día de suerte, marinero, se acabó el aburrimiento y comienza la aventura.
─¿La aventura? ─repitió Jonathan perplejo─, ¿qué aventura?
Koko suspiró profundamente.
─Está visto que tengo que expli­cár­telo todo, muchacho. Estamos en la isla del tesoro, y ahora, solo nos falta encontrar el mapa que nos lleve a este tesoro. Por lo tanto, ¡pongámonos a buscarlo, pero ¡ya!
Jonathan, aún aturdido por todos estos acontecimientos, pero reconfor­tado por el hecho de tener compañía, volvió a anudar el pañuelo rojo sobre sus cabellos rubios y a colocarse el parche en el ojo. Sus mejillas, tan blancas habitualmente, empezaban a ponerse de un bonito color rosa. Miró sus pies, y se dio cuenta de que no llevaba zapatos, pero prefirió no protestar más y siguió el loro.
Se pusieron los dos a revisar los objetos que yacían esparcidos en la arena, a lo largo de toda la playa. Jonathan encontró unos catalejos, un cuchillo que se ató a la cintura, y el loro le trajo una bolsa de cuero. La abrió y vio que contenía una caja de cerillas. Decidió que podía serle útil, y se puso la bolsa en bandolera. También se hizo con unos viejos zapatos con suela de cuerda un poco grandes para él. Lo demás no era de ninguna utilidad.
¡Del mapa, ni rastro!
─¡Piensa!, chico, ¡piensa! ─gritaba el loro con su voz estridente─. ¿Dónde puede estar el mapa?
─¿En el baúl tal vez?
─¿Qué baúl?
Jonathan corrió hacia el viejo cofre que flotaba todavía en el agua. Lo arrastró sin dificultad, lo que probablemente era señal de que estaba vacío. Después de llevárselo a la arena, inspeccionó su contenido sin demasiada esperanza, mientras Koko se posaba en el borde del baúl para verlo todo mejor.
El corazón le dio un vuelco cuando en su interior, vio un pergamino enrollado. Estaba mojado, pero afor­tu­na­da­mente, el agua no había borrado las inscripciones. Era un mapa de la isla, con un camino, señalado en rojo que la recorría. En varios puntos del recorrido, había signos de interro­gación. Jonathan y Koko conta­ron hasta siete. Al final del camino, dentro de lo que parecía un volcán, habían dibujado un cofre con un corazón en su tapa.
En el fondo del baúl, en una pequeña bolsa de terciopelo, Jonathan encontró un cristal de roca tallado en forma de corazón, similar al símbolo del mapa.
Su pureza y transparencia eran extraordinarias y no presentaba nin­gún defecto.
Jonathan miró una y otra vez la piedra y el mapa, sin conseguir hallar la relación entre ambos. Después de guardar cuidadosamente los objetos en la bolsa, se pusieron en marcha. Dejaron atrás la playa de cocoteros y cogieron un sendero que se adentraba en la isla, serpenteando montaña arriba entre la vegetación.
Al cabo de un rato, Jonathan desplegó el mapa y lo miró atenta­mente.
─¿Qué debemos encontrar pri­mero, grumete? ¿A dónde vamos?
─Parece que debemos buscar un puente suspendido, Koko,  míralo,  está dibujado aquí. Pero justo antes de poderlo cruzar, hay un interrogante en el mapa. ¿Qué querrá decir? Todo esto es muy complicado y empiezo a tener hambre.
─Jona, no pienses en tu estómago ahora, compórtate como un pirata, ¡abre bien los ojos!
─Vale, si tú te comportas como el loro de un pirata y te subes en mi hombro, pero, ¡Huy! ¡Me estás clavando tus uñas!
─No gimotees, ya no eres Jonathan, niñito de ciudad, ahora eres el temido John Silver, alias Long John─, gritó el loro con voz discordante.
Jonathan se puso a reír, y ambos se fueron cantando a dúo: “Jo, jo, jo, y una botella de ron”.
─Por cierto, ─preguntó Jonat­han─, ¿quién es este Long John?
─¡Ay, muchacho! No me digas que no sabes quién es.
─La verdad es que no, no tengo ni idea.
─Es el pirata de “La isla del tesoro”, uno de los libros que todo niño tendría que leer. Es la historia de un niño que conoce a un terrible pirata llamado Long John, y de una isla misteriosa, con tesoros escondidos. Es uno de estos libros que no puedes soltar cuando lo empiezas. Te convier­tes tú mismo en el héroe, viajas, buscas el tesoro, ¡Es genial!
─Puede que un día lo lea ─afirmó Jonathan─, quizás no sea tan aburrido al fin y al cabo.
─¡De aburrido, nada! ¿Te aburres aquí?
─De momento, no he tenido tiempo ─contestó Jonathan con una sonrisa.
─Pues leer es esto ─explicó Koko─, es vivir aventuras, es sumer­girse en un mundo diferente y olvidarse del tiempo. ¡Leer es no aburrirse nunca!




El valle de la alegría

Buenas tardes,

Estoy preparando para este otoño la reedición de esta novela infantil, que publiqué hace uños años y que, por circunstancias adversas, tuvo poca difusión.

Está historia transcurre en el Valle de Lecrín, (nombre que significa en árabe Valle de la Alegría), un rincón encantador de la provincia de Granada.

Encontraréis la sinopsis en la sección Infantil y Juvenil.






  






1er capítulo Intemporalis


Capítulo 1


Llegada a la Mansión del Lago




Han transcurrido muchos años desde el día en que vi abrirse por primera vez las verjas de la vieja mansión del lago.
El cincel del tiempo ha esculpido desde entonces finas arrugas en mi rostro, y la edad ha dejado pinceladas plateadas en mis sienes, pero mis recuerdos, los de aquel inolvidable verano, siguen intactos, inalterables, desafiando para siempre el tiempo y el olvido.
Recuerdo haber viajado durante horas con la cara pegada a la ventanilla del coche, mirando con fascinación los paisajes de Francia desfilar por primera vez delante de mis ojos. Viajaba hacia una nueva vida, un nuevo país, con la única familia que tenía entonces, mi madre.
A nuestra llegada y después de que se marchara el taxi que nos había llevado hasta allí, mamá me miró a los ojos como para darse valor y apretó mi mano. Luego, tocó tímidamente la gran campana de bronce. Nos miramos sin pronunciar una palabra y esperamos expectantes a que apareciera alguien. Poco después, la anciana propietaria del lugar se acercó sonriente por el sendero principal, con la dignidad y el porte propios de su condición aristocrática.
—¡Hola¡ Bienvenidos a Normandía! —nos saludó alegremente, mientras introducía una gran llave en la cerradura sin edad.
Forcejeó durante unos segundos antes de conseguir hacerla girar. Luego se oyó un chirrido desagradable y finalmente Madame de Caumont abrió las rejas con una sonrisa triunfal.
Yo no sabía que estaba abriendo ante mí las páginas aún en blanco del libro más inolvidable y hermoso que me iba a tocar descubrir.
Reparé por primera vez en que llevaba horas lloviendo. La lluvia, fina y persistente, nos había acompañado durante todo nuestro viaje. Había escoltado  nuestro tren mientras atravesaba interminables trigales y verdes praderas, y acompañado el coche que nos había llevado desde Caen por carreteras comarcales serpenteando entre los árboles. Ahora caía plácidamente sobre el viejo caserón, confiriendo al paisaje una atmósfera melancólica y entrañable.
Mis ojos se posaron tímidamente sobre la centenaria construcción. Era lo más imponente y señorial que en mis catorce años recién cumplidos hubiese visto nunca. Seguí boquiabierto el atrevido avance de una hiedra exuberante que había conquistado buena parte de la fachada y se disponía a pasar al asalto de la torre oeste. Luego, mi mirada recorrió los alrededores, contemplando la armoniosa acuarela de tonos verdes, acariciando las fuentes, las estatuas barrocas y las esculturas vegetales de los jardines a la francesa.
A lo lejos, se divisaba el oscuro espejo plateado de un lago, sin duda el que había dado su nombre al lugar. Parecía infinito. Sus confines se perdían en un pequeño bosque, envuelto en un denso manto de niebla plomiza.
—¿No es hermosa Normandía Alex? —murmuró mamá—, el pueblo donde me he criado está muy cerca de aquí, ¿sabes?
Miré los ojos de mi madre y advertí en ellos un brillo casi olvidado. En aquel instante me prometí que haría lo imposible para que no se apagara aquella llama, aquel destello de alegría que la vuelta a su país había encendido. ¡Por fin volvía a sonreír!
Seguimos a Madame de Caumont por el camino central que conducía a la mansión y mientras me recreaba en el crujido agradable de mis pasos hundiéndose en la gravilla, observé a nuestra anfitriona. Me gustaba, no hubiera sabido explicar por qué, pero algo había en la vieja dama que me había gustado a primera vista: su paso firme, su silueta frágil y elegante, sus cabellos blancos recogidos pulcramente sobre la nuca, su profundo acento francés al darnos la bienvenida…
Se giró de repente y clavó sus ojos azules en los míos antes de dedicarme una cálida sonrisa. ¿Habría captado mis pensamientos? No tenía ningún sentido pensarlo, sin embargo me sonrojé y de pronto sentí que me ardían las mejillas.
Por fin, llegamos a la gran escalera de piedra de la casa.
—El viaje desde Barcelona habrá sido muy pesado Claire, así que no os voy a retener mucho tiempo. Os enseño la mansión rápidamente y os llevo a vuestro  nuevo hogar.
Mamá asintió, agradecida, se sentía agotada.
—¿Y a ti qué te parece muchacho? quiero decir Alejandro… Te llamas Alejandro, ¿verdad?
—Si Señora, me llamo Alejandro, pero me suelen llamar Alex. Y… me parece bien.
—¿El qué? Ah sí, lo de la visita, claro. Pues adelante Alex, sígueme, pero llámame Sylvianne si no te importa, lo prefiero.
Entramos en un magnífico vestíbulo circular. Una suave luz se filtraba por las vidrieras de colores y bañaba la estancia. Procuré disimular mi admiración y contener mi entusiasmo, pero sin demasiado éxito. Me lo confirmó la sonrisa divertida de nuestra anfitriona al ver mi expresión asombrada. La mano de mamá apretó la mía como implorándome discreción, mientras seguimos a Madame de Caumont de sala en sala, deslumbrados y atónitos. Yo no me atrevía siquiera a pisar las alfombras cuyos colores maravillosos destacaban sobre el suelo de mármol blanco. Mamá por su parte, no se cansaba de admirar la suntuosidad de los cuadros, las lámparas,  los espejos. 
—He guardado lo mejor para el final y estoy segura de que te encantará, Alex. Me ha dicho tu madre lo mucho que te gusta leer.
Al pronunciar estas palabras, abrió de par en par unas magnificas puertas de roble con grandes flores de Lys grabadas en las cuatro esquinas y descubrió ante mis ojos incrédulos el sueño de todo lector asiduo: una grandiosa biblioteca. Contemplé las estanterías de madera llenas de libros. Recubrían las paredes desde el suelo hasta el techo abovedado adornado de maravillosos frescos barrocos. Admiré la chimenea, los enormes sillones de cuero, la gran alfombra persa y sólo pude balbucear:
—¡Es impresionante! ¿Cuántos libros puede haber aquí?
Sylvianne, complacida por mi expresión de total admiración se rió alegremente.
—Más de lo que podrás leer, amigo mío, pero están todos a tu disposición. Así que cuando quieras, te pasas por aquí y escoges. No tengas miedo a aceptar mi ofrecimiento, agradeceré tus visitas y la casa también. Será muy… refrescante.
Se quedó pensativa durante unos segundos antes de añadir:
—El silencio se ha ido apoderando de este lugar. Sin embargo, no siempre ha sido así, ¿sabéis? En otros tiempos la mansión estuvo llena de gente, de vida, de idas y venidas… Desempeñó un papel importante durante la segunda guerra mundial, cooperó con la resistencia, como muchos de los lugares de Normandía.
Suspiró profundamente.
—¡Ah! Si estos viejos muros pudieran hablar, seguro que nos contarían historias apasionantes. Yo recuerdo algunas, sólo tenía veinte años entonces… Pero basta de discursos, vamos a ver vuestro nuevo hogar.
Salimos de la mansión por la parte de atrás y tuve la impresión de asomarme a un paisaje completamente distinto. Aquel lado del jardín había abandonado la rigidez y simetría del estilo francés para dar paso a un espacio más libre, más informal, devolviendo a la naturaleza su exuberancia y protagonismo. Los senderos ya no eran anchos y rectos, se habían vuelto sinuosos y serpenteaban entre la vegetación, regalando a nuestros ojos sorpresa tras sorpresa. Un banco de piedra casi sepultado en los rododendros, un querubín tocando la flauta al pie de un árbol centenario, una glicina cayendo en cascada sobre un viejo muro, un quiosco de música emergiendo de la loca vegetación…
Y por fin, después de unos diez minutos caminando, vislumbré la casa a la vuelta de un sendero. Apareció de pronto como por arte de magia, iluminada por la espléndida luz que derrochaba la tarde. 
—¡Et voila! —exclamó Sylvianne, mirando con visible expectación a mi madre—, es vuestro hogar, vuestra “chaumière”.
—¿Chaumière? —repetí, sin captar el sentido de esta palabra francesa nueva para mí.
—Es una casa rural típica de Normandía —explicó mi madre.
—Debe su nombre al techo de paja, “chaume” en francés —añadió Madame de Caumont.
—Fíjate en la pendiente tan fuerte que tiene —puntualizó mamá—, es para evacuar el agua de lluvia. La construcción es estrecha porque la pendiente del techo no permite más anchura. Por lo general, las chaumières son alargadas, cada cuarto tiene su ventana y una puerta que da a la habitación siguiente.
—También es muy típico el entramado de las vigas aparentes que ves en los muros exteriores, es lo que llamamos “colombages” —explicó Madame de Caumont.
—¿Por qué han plantado estas flores azules arriba del tejado?
Mamá miró a nuestra anfitriona esperando su respuesta. Aparentemente, ella tampoco lo sabía.
—Estas flores son iris. Antiguamente, acostumbraban a rematar el tejado con una buena capa de arcilla, y allí plantaban los bulbos para que con el tiempo se multiplicaran los rizomas y sujetaran fuertemente la paja del techo. Aquí lo hemos hecho simplemente para recordar la tradición.
—Me gusta mucho la chaumière Sylvianne. Es muy antigua?
—Lo era querida, del siglo diecinueve para ser exacta, pero los bombardeos casi la destrozaron durante la batalla de Normandía en el año mil novecientos cuarenta y cuatro. Afortunadamente conseguimos restaurarla después de la guerra. Hemos tratado no sólo de respetar los planos iníciales, sino también de devolverle su personalidad y su mobiliario original. Por supuesto hemos tenido que aportarle algunas comodidades imprescindibles hoy en día, electricidad, agua caliente y calefacción, pero la chaumière conserva su carácter auténtico, como tiene que ser.
Entramos directamente en la sala principal de la casa, una gran estancia luminosa presidida por una chimenea de piedra. Llamó mi atención, en la pared blanca, una colección de platos de cobre y estaño que representaban escenas típicas de la región. Me encantaron  las enormes vigas del techo, los dos sillones dispuestos en frente de la chimenea, me imaginé las entrañables veladas de invierno que habían debido presenciar. En el centro del comedor, una mesa de roble rectangular y grandes sillas de respaldo alto y asientos de paja que parecían invitar al descanso.
A la izquierda de la sala, una escalera de madera subía hacia lo que parecía un pequeño balcón. Sylvianne, siempre pendiente de mis reacciones preguntó:
—¿Te gustaría subir a ver la mezzanine?
—¿Qué es una mezzanine?
—Lo que estás mirando, un piso intermedio con un balcón que da hacia el interior. Arriba encontrarás una habitación y apuesto a que de las tres que tiene la chaumière, será tu preferida. Es la única que no es original, porque se ha tenido que reconstruir esta parte de la casa, pero es fantástica. Tiene vistas a la parte de atrás, al lago.
Dejé a mi madre visitar el resto de la casa con Sylvianne y subí entusiasmado para explorar la mezzanine. La estancia era pequeña, bañada por una luz suave y me pareció muy acogedora. Me gustó a primera vista. Al fondo, una cama barco recubierta de una antigua colcha de ganchillo se escondía bajo la pendiente del techo donde se había instalado una pequeña biblioteca. A sus pies, una mullida piel de cabra blanca y grandes cojines de colores vivos. Frente a la ventana, destacaba un antiguo escritorio de roble con muchos cajones, acompañado de un confortable sillón de madera de patas torneadas. El asiento y los brazos estaban tapizados de terciopelo de color púrpura.
En un rincón, un enorme baúl de viejas bisagras de hierro y un armario normando completaban el mobiliario.
No pude resistir y decidí probar el sillón. Me senté con cuidado frente al escritorio, apoyé mi espalda en el mullido respaldo y cerré los ojos. ¡Qué confortable! Me sentía como un rey en su trono. El sitio era fantástico para leer, escribir o dibujar, y la vista… la vista era realmente magnífica. Por la ventana se podía admirar en todo su esplendor el lago. 
Mi mirada se deslizó una y otra vez sobre su superficie de reflejos metálicos. Sentí que se me formaba un nudo en la garganta. No hubiera  podido definir la extraña sensación que me estaba invadiendo, pero algo en su atmósfera me atraía y me incomodaba a la vez. Sería probablemente cosa de mi eterna imaginación o la densa niebla que parecía emerger del bosque. Se me empezó a secar la boca y tragué saliva.
Contemplé el pequeño embarcadero y algunas barcas amarradas que parecían llevar siglos en desuso. Pinturas desconchadas de colores mustios, nombres desdibujados por el olvido. “El silencio se ha ido apoderando de este lugar”. Las palabras que Sylvianne había pronunciado poco antes resonaban en mi cabeza y empezaban a cobrar sentido. Por toda la propiedad se percibía el olvido y el abandono. 
De pronto, me sobresalté. Una silueta masculina había aparecido de repente, justo allí delante de mis ojos, donde un segundo antes no había nadie. No podía ser. Me froté los ojos, incrédulo, pero la sombra siniestra seguía allí. Volví a tragar saliva mientras se me aceleraba el pulso y empezaba a notar un latido muy rápido en mis sienes. De repente, levantó la cabeza y me miró. Luego esbozo un gesto ambiguo en mi dirección.
¿Qué había significado aquella mueca? ¿Se trataba de un aviso o quizás de una amenaza? Algo andaba mal, estaba seguro.
Presa del pánico, me levanté de un salto y me lancé escaleras abajo. Fui a caer en brazos de Sylvianne que se tambaleó. No la tiré al suelo de puro milagro.
—Pero muchacho, ¿qué es lo que te pasa? Parece que has visto un fantasma.
—Hay alguien —balbuceé como un idiota—, alguien muy raro en el embarcadero, ha aparecido de pronto y me ha estado mirando…
Al verme tan alterado, mamá arqueó las cejas sin comprender, mientras Madame de Caumont se reía a carcajadas.
—Pues es muy fácil que haya alguien aquí abajo Alejandro, pues hay varias personas trabajando en la mansión. La más probable es que hayas visto a Jürgen. Ayuda en los trabajos de jardinería y también se ocupa de las barcas. Mañana, cuando se te haya pasado el susto, te lo presentaré. Te aseguro que es completamente inofensivo.
Y ahora, os dejo instalaros y sobre todo descansar. Tenéis la nevera llena y os he dejado la cena en la cocina ¡Hasta mañana!
La vi alejarse riéndose a carcajadas y me sentí como un perfecto idiota. ¿Cómo había podido tener una reacción tan exagerada? ¿Por qué me había dejado llevar por el pánico sin ningún motivo real? No tenía respuesta, pero seguía con el convencimiento de que había algo extraño en este tal Jürgen, una pequeña voz interior me lo repetía.
Mamá me rodeó los hombros con su brazo y depositó un beso fugaz en mi mejilla.
—Me parece que tu imaginación te ha jugado una mala pasada, hijo, ¿no estarás leyendo demasiadas historias de terror últimamente?
No supe qué contestar y suspiré profundamente. Me sentía un poco confuso. Me preocupaba haber causado una pésima impresión en mi primer día. Seguro que Sylvianne aún se estaba riendo de mí.
Para distender un poco el ambiente, mamá me enseñó el resto de la casa. No era muy grande pero suficiente para nosotros dos y muy cómoda. El mobiliario era antiguo, de estilo normando, de madera oscura y pesada. Los “chiffoniers”, cuyos cajones olían a naftalina, parecían repletos de secretos, los armarios eran tan altos y profundos que intimidaban, las grandes camas barco invitaban a surcar océanos de sueños… El lugar parecía cargado de historia y de recuerdos. No era un lugar de paso, ni de vacaciones, era un hogar. A partir de ahora iba a ser nuestro hogar.
Cenamos en silencio, cansados pero ilusionados ante la oportunidad que nos había brindado el destino. Mi madre me explicó que conocía a Madame de Caumont desde la infancia. Superada por los enormes gastos de la mansión, la anciana señora había decidido rentabilizarla, alquilando algunas de las chaumières de la enorme propiedad. La mansión tenía grandes pistas de tenis y caballerizas. El lago ofrecía la posibilidad de organizar paseos en barca. Que vinieran turistas no era problema, ya que el pueblo atraía a toda clase de gente, interesados en el turismo rural, el senderismo, y la herencia histórica de la región.
Madame de Caumont se había enterado de que mamá buscaba trabajo y que estaba pensando regresar a Francia. Había pensado en contratarla para organizar el proyecto y poner todo en marcha. Aún había mucho que hacer, por lo menos todo un verano de duro trabajo. Después, se encargaría de supervisar el funcionamiento del establecimiento. El salario era bueno y las condiciones excelentes.
Estábamos los dos ilusionados, ella porque volvía a su tierra con un buen trabajo y una casa que superaba nuestras esperanzas, yo, porque intuía en esta tierra nueva para mí, un entorno propicio a la aventura, la imaginación y por qué no, al misterio, todo lo que mis catorce años recién cumplidos tanto anhelaban.
Me costó conciliar el sueño aquella primera noche. Una enorme luna llena rodeada de un halo de niebla pintaba reflejos de oro en la superficie del lago. Todo estaba en calma, todo menos mi mente inquieta que repasaba febrilmente los acontecimientos del día. Una y otra vez volvía a aparecer la siniestra silueta entre las barcas, y se me encogía el estomago sin saber muy bien por qué.



Con sólo un poquito más de valor me hubiera levantado y hubiera ido a investigar a la orilla del lago, pero no me arriesgué. Me venció el cansancio y sin apenas darme cuenta me deslicé suavemente en las profundas olas del sueño.